REFLEXION SOBRE EL VALOR DE LA VIDA
Posted on: Abril 30, 2017, by : REY

VIRGO CON CÁNCER/

Inesperada batalla por la vida y los sueños/

 

Un estremecimiento sísmico sin precedentes me conmocionó  hasta la médula en la mañana del 15 de junio del 2016, cuando el médico neurólogo —con la placa de una  tomografía expeditiva  en la mano— me dijo señalando un punto: “Tiene usted un edema cerebral en el lóbulo occipital derecho”.

Se trataba de una especie de hinchazón (un saquito oblongo) en cuyo interior se veía una formación extraña, la cual —entre otras causas, según el facultativo— podía ser producto de una lesión (un coágulo), un virus (la TBC por ejemplo), un parásito (cisticercosis del cerdo o la alpaca, verbigracia) o de una degeneración celular benigna o maligna.

Entonces, rumbo a mis 66 años encarnizadamente vividos, sentí por primera vez el hálito de la muerte soplándome en el cogote, pero no con el pavor del condenado súbito, sino con el estoicismo de quien nunca ha descartado esa posibilidad humana.

Por temperamento innato, por cultura y hasta por signo zodiacal, siempre he procurado y procuro afrontar las grandes contingencias de la vida con la mayor serenidad posible; considerando que las mismas no disminuyen ni se resuelven solas, porque las subestimemos, maquillamos y —peor aún— las  ignoremos en sus reales dimensiones.

Así es  que en medio de la desgarradora angustia que me  afligía, pronto también afloró mi sentido autocrítico, primero para tratar de sopesar cuánto de responsabilidad personal había en el cuadro que estaba viviendo y, segundo, para meditar sobre lo que se debía  hacer en tal circunstancia.

El presente testimonio proyecta el súmmum de ese ejercicio personal, porque pienso que hay vivencias, experiencias y reflexiones humanas que uno debe socializarlas,  para contribuir a que nuestros prójimos no cometan los mismos errores.

                              

                                         MILAGRO DE LA VIDA

En principio, ahora pienso que no todos los seres humanos percibimos lo que significa el privilegio de la vida consciente —aunque breve— que nos ha conferido Dios, para disfrutarla en condiciones largamente superiores que las demás criaturas de la naturaleza.

En consecuencia, muchos la deterioramos y dilapidamos cuantas veces podemos, acaso por no entender que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza —básicamente— para que éste aplique la ecuanimidad divina en la administración y el disfrute de la vida. Este fue y es mi caso.

Impulsado por mis propios genes y por algunas influencias íntimas, bibliográficas y sociales, nunca fui hombre de medias tintas; casi incapaz de reconocer que entre el blanco y el negro hay 14 matices de gris, y más aún de comprender que el secreto de la existencia medianamente sana reside en saber equilibrar y moverse por esta gama de colores.

Como reflejo de ello, desde muy niño  siempre asumí con pasión todo lo que deseaba hacer y ser en el futuro, desde mis aspiraciones y anhelos personales y mis compromisos sociales, hasta la delectación voraz de los placeres disponibles en este valle de lágrimas y volátiles deleites.

Es más, dentro de este marco jamás tuve la elemental lucidez de aplicar otro principio práctico que ayuda a ser menos autodestructivo:  la única diferencia entre el  remedio y el veneno es la dosis.

Por consiguiente, cometí infinidad de excesos —prácticamente convertidos en hábitos— en las comidas, bebidas, veladas y otras tentaciones mundanas; aunque en especial con el siniestro tabaco: unos 10 cigarrillos por día, durante 40 años, desde los primeros que empecé a inhalar en mi lar huaracino, por  imitar a mis paradigmas literarios, periodísticos y cinematográficos, bajo el supuesto falso de que así me vería más varoncito, intelectual y romántico.

Sin duda alguna, todas estas desmesuras contribuyeron a la generación en mi organismo de escenarios sicosomáticos propicios para el accionar desquiciante de los radicales libres, la proliferación de las células descarriadas y otros desgobiernos biológicos.

Es también posible que a ello se haya sumado cierta predisposición genética en favor de las neoplasias. Pues  en el 2007 mi padre se fue de este mundo víctima de un cáncer gástrico generalizado, y poco después el mismo mal puso en jaque a cuatro de sus descendientes.

No menos importantes cuotas de letalidad creo que aportaron la creciente contaminación ambiental, el ya pandémico estrés de la “vida moderna”  y la intermitente desazón-frustración que nos provoca la imparable descomposición moral de nuestros estratos dirigentes, en especial políticos. Todo esto socava a nuestro frágil siquis individual y colectivo y repercute en lo orgánico.

Es verdad que por las intermitentes emociones y tensiones  consustanciales a nuestra apasionante e irremplazable profesión, los periodistas estamos permanentemente expuestos al estrés, pero como casi siempre hacemos lo que nos gusta, pronto nos habituamos a actuar como virtuales pararrayos, para proceder con el sigiloso rigor del médico y aplicar los emplastos, cirugías o meros cosméticos que requiere la sociedad.

Sin embargo, debo puntualizar lo devastador que resulta para el espíritu y el organismo el bombardeo constante de malas noticias que recibimos mañana, tarde y noche, sólo por querer seguir el ritmo del mundo a través de los grandes medios de comunicación social.

Adicionalmente, me retraje del deporte y la iglesia, a la vez de reducir mis incursiones siempre venturosas al campo.

Mi Familia, mi esposa Carmen y mis hijos Gabriel Ernesto Pachacútec y Tammya Micaela

Todo lo reseñado tuvo incluso un agravante hoy imperdonable: como parecía poseer una juventud y una salud aparentemente blindadas, en la algazara de mis desafueros  de tarambana no declarado nunca reparé en las consecuencias que ello tendría para los míos, empezando por mi todavía joven esposa Carmen Janet Inga Colonia, mis aún púberes hijos Gabriel Ernesto Pachacútec y Tammya Micaela, hoy con 18 y 17 años, respectivamente, y mi anciana madre Lidia y todos sus retoños multigeneracionales. Es una deuda familiar impagable.

Con mi madre Lidia Ardiles

En otras palabras, el virgo habitualmente reflexivo, auto crítico y justo hasta el desborde fue patéticamente irresponsable y egoísta ante los suyos, hasta el extremo de ir a provocar a la muerte en sus propios predios, sin sopesar que ella suele no responder con  indulgencias ni caricias, sino con zarpazos  despiadados que desgarran al atrevido y su atribulado entorno.

HIPÓCRATES

Sólo como atenuante debo decir que en casa supe llevar una dieta sana: comidas y bebidas con ingredientes preferentemente nativos y orgánicos, muy pocas veces “chatarra”.

Aún más, dentro de este marco y sobre todo en los últimos 10 años, en el hogar  todos nos vacunamos con la ingesta cotidiana —en diversas formas— del prodigioso camu camu amazónico (Myrciaria dubia), campeón mundial en vitamina C y antioxidantes. En paralelo, durante  este mismo lapso un diente de ajo sería mi primer bocado obligatorio del día.

En consecuencia, siento deberles a estas maravillas fitoterapéuticas y los frutos rojos, morados, azules y negros el haber sido y aún ser meros vulnerable a los apetitos letales de la pelona.

¡Cuánta razón! tuvo y tiene el genio griego Hipócrates, quien  unos 400 años antes de Cristo proclamó un providencial mandato-axioma: “Que tu alimento sea tu medicina, y  que tu medicina sea tu alimento”. Nada más  sabio y efectivo para alejar a las enfermedades de la  humanidad.

Si bien es verdad que en la primera parte de mi existencia  hice todo lo posible por realizar dignamente mis sueños  propios y compartidos, en torno a AGRONOTICIAS(*), comenzando por reivindicar los derechos escamoteados del Perú Agrario donde nací, crecí y fui feliz; en ese mismo período me dediqué casi minuciosamente a dinamitar mi salud, con los resultados ya vistos y proyecciones aún en proceso.

A partir de este cuadro, uno de los epílogos verosímiles es que mi enfermedad sea controlada por la bendición de Dios y los avances de la ciencia médica. Pero si aún fuese así, deberé romperme  inevitablemente en los días que me quedan para tratar de recobrar la salud perdida, con todos los sacrificios materiales y  sicólogicos que ello implica.

En eso estoy en este instante, sólo por no haber sabido entender en su momento que lo racional es prevenir, no lamentar, y que la única diferencia entre el remedio y el veneno —en lo material y lo espiritual—  es la dosis.

DIAGNÓSTICO Y PRONÓSTICO

Como es obvio, una vez sobrepuesto de la conmoción inicial, con mi familia y mi amigo neurólogo Marco Zúñiga Gamarra, más la orientación de mi primo-hermano nefrólogo Ángel Ardiles Aniceto, así como el apoyo de otros familiares y amigos notificados de mi drama, optamos por la alternativa más segura y conveniente: internarme en el hospital “Edgardo Rebagliatti” de EsSalud, en vista que el sistema solidario en conjunto y dicho nosocomio en particular poseen la mayor experiencia, la primera capacidad tecnológica y los mejores especialistas para tratar cuadros como el mío.

En efecto, apenas me hube internado, los facultativos dispusieron un examen general de mi organismo.

Y los resultados son muy  concretos: tengo un colangiocarcinoma  (cáncer) localizado entre las vías biliares, que ha hecho metástasis o expansión parcial al cerebro, con proyecciones devastadoras y fulminantes, si no es controlado en el día. 

Por suerte, el resto de mi organismo está milagrosamente limpio, como si por lo menos cuatro décadas de mi existencia no lo hubiese envenenado con tragos, tabaco, grasas y otros tóxicos, aparte de prácticamente pavimentar mis arterias, venas y bazos con el alquitrán del cigarrillo.

TRATAMIENTOS

Frente a este cuadro clínico, los médicos especializados han dispuesto dos tratamientos convencionales: primero, radioterapia al cerebro, para atacar al edema y su extraño contenido, así como para prevenir la posible aparición de nuevos puntos de metástasis entre los hipersensibles tejidos neuronales y sesos.

Y, segundo, quimioterapia, si la primera no respondiera satisfactoriamente.

Hasta el momento ya completé el primer proceso, en forma paralela con tratamientos naturistas alternativos  y complementarios elegidos por mi cuenta, sobre todo para repotenciar a mis células sanas y otras defensas.

La inicial posibilidad de cirugía sobre el edema, por ahora ha quedado en último lugar.

Entretanto, el inmensurable soporte espiritual-material de los 10  hermanos férreamente unidos que somos y los suyos, más la solidaridad abrumadora de mis demás familiares, amigos, colegas, compadres y compatriotas generosos, me hacen una virtual transfusión diaria de energías positivas.

Al mismo tiempo, especialmente mi tía Fortunata Aniceto Alegre y mis primos hermanos Alejandro, Elena, Julia, Bernabé y Edith Ardiles Aniceto, así como los jóvenes sacerdotes católicos Harvey Colonia Marsano (mi sobrino) y Huber Espinoza Medrano (su amigo), se encargan del hermoso trabajo de reacercarme a Dios, aunque no para temerlo, sino para amarlo y honrarlo en tributo al prodigio de la existencia.

El resultado sintético de estos tratamientos terapéuticos ortodoxos y heterodoxos es que cada mañana despierto en condiciones anímicas y físicas cada vez más aliviadas, acaso como señal de que el Supremo Creador ha comenzado a brindarme una segunda oportunidad en la tierra.

En este sentido, considero —incluso— que la inesperada detección de mi enfermedad cuando era aún medianamente controlable, fue una providencial advertencia de que estaba en el camino equivocado, rumbo al suicidio, y que —como todo es dialéctico en este mundo— debía aprovecharla para enmendar el derrotero y tener la posibilidad de beberme la vida sorbo a sorbo, hasta la última gota.

Entonces pienso que si ayer —obsedido por mis utopías personales y sociales— quise cambiar pretensiosamente al mundo, ahora —obligado por la realidad y mi propia conciencia— primero tendré que cambiar yo mismo, para poder  disfrutar del resto de mis días como lo debí hacer siempre: con amor por la vida, con gratitud a Dios y con elemental responsabilidad ante los que habitan todos los espacios de mi ser.

  • RTA escribió este artículo la madrugada del 19 de agosto del 2016 en su viaje a Foz de Iguazú, Brasil. Siguió luchando por sus ideales y sueños, con gran actitud frente a la vida, con su generosidad sin límite para con los demás. Se mantuvo lúcido, valiente, valiéndose por sí mismo, escribiendo, dando ánimos a todos. El día 18 de noviembre a las 6:30 p.m. dijo que sentía un gran cansancio, durmió toda la noche y despertó muy temprano, contó chistes, habló con muchos familiares que se encontraban en el extranjero, luego un agotamiento intenso… El 19 de noviembre del 2016 a las 9.15 am, dijo: “Quiero descansar” y partió a la casa del Padre.

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(*) Revista AGRONOTICIAS. Voz, imagen y conciencia del agro peruano, visite www.agronoticias.pe

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