CANTANDO Y LLORANDO

Miguel Humberto Aguirre/

Reynaldo: Vida entre versos/

No solo abrió surcos para marcar su vida y la de los suyos.

No solo hizo aquello en su existencia.

En sus horas libres se ligó a palabras como el AMOR, así con mayúsculas.

También al silencio.

… A la esperanza.

A los sueños, como cuando se dirige a Cristo. No lo reduce a cifras. A su Cristo le habla. Le aconseja. Y lo ubica en una lóbrega calle de Lima. Lo siente y lo vive.

Cuando recuerda el amor, los encuentros son con personajes y momentos de su existencia.

Se pregunta:

“Mi alma se estremece y vuela desde el pozo más hondo hasta la órbita más alta, pero ¿dónde estás amor?”

¿A quién buscaba?

A Carmen, Camucha, Camotita. A María Elba. A Mercedes. A Liliam. A Lina Amelia, a quienes llama “soberanas”, o una extraña Olina, algo así, por sus versos, como un amor idealizado y evocado en varias de sus inspiraciones.

Su amor está en su madre, sus hermanas, su padre, Juan de Dios, Alfredo, Carlos Alegre o Paco Rojas.

Su amor también está en la vida y la muerte. Ambas están en sus versos. Ambas están en las rimas. Y también en las estrofas inspiradas por un soñador eterno y, como todo soñador, jamás se rindió, y a todos les dio todo.

Adelantó su futuro en muchos pasajes de sus escritos, incluyendo algo por venir y que llegó como cuando nos dice “Soy voz de todas las voces. Soy vuelo de todas las alas. Soy carne de todos los huesos y soy polvo de todas las tierras”. Fue voz de los de tierra adentro y también de los jóvenes de la ciudad. Fue ala de viajeros del cielo buscando el pan entregado por surcos y sembríos, producto de semillas de esperanza.

Para su adiós escrito eligió un día de lluvia. Fue el llanto de los suyos y de sus amigos porque él valía muchas, muchas lágrimas.

Pidió para su tierra amada desalojar las raíces de la muerte, exigiendo “no más bombas”. Mucha luz. Jamás tinieblas.

Nos dejó su Réquiem en el camino negro de pasos que jamás volverán. Nos adelantó que “Alguien ha partido. No se sabe quién”. Nosotros sí, pues además nos ha dejado todos estos versos que son su vida. Su existencia.

Demos vuelta a las páginas y caminemos junto a él.

Carlos Alegre/

CANTANDO Y LLORANDO no es un poemario con unidad estructural y temática. Es, más bien, una apretada selección de todo cuanto ha producido el campesino-periodista-poeta Reynaldo Trinidad Ardiles bajo el influjo de una cosmovisión donde lo íntimo y lo social se entrelazan: el hombre, la vida, el mundo y su destino.

La intensa, conmovedora y multifacética producción poética de Reynaldo nunca antes trascendió al gran público. Maduró en autoobligado secreto. Las únicas veces que reveló algún poema fue como animador del Círculo Literario Javier Heraud (Huaraz, 1967) y cuando ganó los Juegos Florales de Poesía de la Escuela Superior de Periodismo Jaime Bausate y Meza (Lima, 1971).

En este libro medió la intervención circunstancial pero decisiva de ese ángel tutelar que suele iluminar la juventud y el sendero inaugural de todo poeta. Se trata de Olina, musa terrestre que palpita en tres cantos de la primera parte del libro.

Para quienes creemos que la poesía es el mayor don conferido al hombre, Reynaldo —amigo, colega, hermano de siempre— se erige como uno de sus más sólidos y profundos nuevos intérpretes. El tiempo justiciero nos dirá el resto.

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